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Vivir en el extranjero es una vocación

Recuerdos de un profesor de español

 

Para algunas personas, entre las que me cuento, vivir en el extranjero es una vocación. Recuerdo perfectamente cuándo y dónde nació la mía.

 

Miguel Salas Díaz

Covas (Ferrol), 9 de febrero de 2022


Fue en Eastbourne, durante el verano de 1992. Mis padres me habían mandado a estudiar un mes en Inglaterra. Aquella tarde de domingo paseaba con mis amigos –todos españoles, como suele suceder– por el malecón, cuando me asaltó de repente el pensamiento de que, a mí, de mayor, me iba a hacer muy feliz vivir fuera de España.


¿Fue la luz perfecta del atardecer, el sonido del mar y las gaviotas, las decenas de máquinas de videojuegos desconocidos que se alineaban en el paseo de madera, la cadencia excitante del idioma aún mal aprendido, la distancia que me separaba de mis padres, invisibles de tan lejanos? Lo cierto es que no sé a qué se debió aquella nítida sensación de destino, pero una vez perdida su apabullante intensidad, que duró apenas unos segundos, quedó ya para siempre en el fondo de mi cerebro en forma de brújula.


Los primeros tumbos fueron, por supuesto, inducidos: mi familia dejó Madrid para volver a Galicia, de donde es originaria, cuando yo comenzaba la universidad. Allí conocí a David Pujante, un profesor de Teoría literaria; tanto me marcó que lo seguí junto a otros tres compañeros hasta Valladolid cuando se hizo con una plaza en aquella ciudad, donde terminé haciendo un doctorado y un máster para enseñar español a extranjeros.


[...] me asaltó de repente el pensamiento de que, a mí, de mayor, me iba a hacer muy feliz vivir fuera de España.

Y luego a buscar trabajo, claro. Nápoles primero, gracias a una carambola. Apenas estuve allí unos meses –me contó la catedrática de Lengua Española, tiempo después, que mis compañeros me conocían como Miguel I el Breve– pero me marcaron para siempre. En la ciudad del Vesubio viví una de las experiencias más violentas de mi vida. Una de las chicas con las que compartía piso tenía un novio traficante de drogas y alguien –sospechamos que un peculiar alemán que se paseaba de tanto en tanto por aquella casa de puertas siempre abiertas– le robó dinero, así que él decidió acampar en casa con unos amiguetes jamaicanos y una pareja de pitbulls, y dedicó un mes de su vida a amenazarnos de muerte. Infructuosamente: ni recuperó el dinero ni le dio pasaporte a nadie, gracias a Dios, pero a mí me duró el trauma un tiempo largo: el muchacho tenía pistola y navaja, y las sacaba de paseo con generosidad.



Me fui después a Urbino –otra afortunada casualidad–, donde pasé un curso completo enseñando español a destajo. Cuando llegué no tenía un duro y en la universidad me dijeron que me pagarían a semestre vencido, así que tuve que trabajar como pinche en un restaurante macrobiótico a cambio de sustento. Aprendí mucho, desde luego, pero no tenía un minuto libre: me levantaba con la mañana, iba al restaurante a cortar verduras, lo dejaba para dar clase, salía al mediodía para regresar al restaurante a atender a los clientes –muchas veces mis propios alumnos– y fregar las ollas tras el turno de comida, por la tarde volvía a la facultad, y de noche al restaurante de nuevo. Y de ahí a la cama, claro. Recuerdo con enorme cariño a aquella panda de macrobióticos, todos perfectamente veganos, de pómulos salientes, ojos hambrientos y piel anaranjada por el consumo excesivo de zanahoria. Eran buenos, que es lo mejor que puede decirse de nadie.


Tras una breve parada de unos meses en Galicia –necesitaba terminar la tesis doctoral, y era incompatible con la enorme cantidad de horas de clase que daba en Urbino–, seguí dando tumbos, aunque esta vez dirigí mis pasos a China; Dalian, en particular, una ciudad de la antigua Manchuria famosa por ser la sede del mejor equipo de fútbol del país. Allí pasé dos años. No aprendí una palabra de chino, pero me divertí más que nunca en mi vida y también conocí unos personajes fabulosos que todavía habitan mi imaginación y me interpelan de vez en cuando. Algún día me gustaría contar su historia.


Pero fueron los cuatro años siguientes los que más cambiaron mi vida. Los pasé en Taichung, como profesor en la universidad de Providence. Fueron muchas las cosas que me sucedieron, muy positivas casi todas, porque Taiwán es un país generoso con quien llega a sus costas abierto a su cultura. De algunas de esas experiencias hablo en Estación de oriente: Cartas desde Taiwán, un libro que recopila las columnas que escribí durante mi estancia en Taiwán para La Voz de Galicia. En ellas intenté explicar a mi familia y al resto de ferrolanos cómo era aquello de vivir en una pequeña isla subtropical ubicada en el otro lado del mundo. Si os gustan las culturas asiáticas, quizás os apetezca echarle un ojo a mis aventuras.


De ser así, recordad: las virtudes del libro, si las tiene, se deben a Taiwán, uno de los países más entrañables del globo. Los defectos, sin embargo, son atribuibles solamente al autor, que firma también este texto.

 

Miguel Salas Díaz, nació en Madrid en 1977 y es Doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Ha sido profesor de lengua y literatura españolas en universidades de Italia, China y Taiwán, y hoy continúa su labor docente en un centro de enseñanza secundaria de Madrid.

Ha publicado los libros de poemas La luz (Hiperión, 2007; X Premio de Arte Joven de la Comunidad de Madrid) y Las almas nómadas (Hiperión, 2011; XXVI Premio de Poesía Hiperión), el álbum infantil Tonino (OQO, 2013) y la novela Ni temeré las fieras (Salto de página, 2017). También ha traducido la poesía de G. K. Chesterton (El gran mínimo, Salto de Página, 2014) y de Li Qing Zhao (Jade puro, Hiperión, 2014). Actualmente colabora con el legendario espacio radiofónico La escóbula de la brújula y ha participado en varios episodios del podcast sobre la tradición y sus símbolos, El libro rojo de Ritxi Ostáriz.


Si quieres saber qué otras cosas ha hecho Miguel, consulta su página en Linktree.

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