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¿Qué es «El naufragio de los imperios»?

Interacción entre la narrativa y la realidad en la novela
 

«Ya, todos hemos tenido esa fantasía: volver atrás y empezar de nuevo la vida sabiendo todo lo que sabes. Pero la única manera de hacer eso es inventarte tu propia biografía y ponerla por escrito. La paradoja se sirve sola, no sabríamos todo eso si no nos hubiésemos equivocado y si no hubiésemos pasado por todas esas pruebas. No cabe el arrepentimiento.»


Esta es la pequeña confesión que uno de los personajes hace al final de El naufragio de los imperios y creo que puede servir como explicación muy somera de lo que es esta novela.

 

Cualquiera que conozca un poco mis peripecias vitales no podrá evitar sonreír al encontrarse con tantos escenarios familiares a mi biografía, pero también opiniones y referencias sobre el mundo que mi generación vivió en su juventud, si bien yo lo expando a varias regiones del mundo y la extiendo en el tiempo hasta años muy recientes, y que me las habrá oído o leído en otras ocasiones.


La historia de este libro nació con otro libro de tintes también marcadamente autobiográficos, pero con limitaciones mucho mayores por su temática y estructura. Se titulaba Balada de las damas del tiempo en que viví en Asia, y pretendía rendir homenaje a un curioso libro de Álvaro Cunqueiro llamado Balada de las damas del tiempo pasado, en el que se escriben las pequeñas biografías fantásticas e imaginadas de las damas a las que el poeta francés Villon hacía alusión en su Gran testamento. Yo quise hacer algo parecido, pero tirando de mis recuerdos y de mis lecturas. Aquel libro fue un fracaso y jamás verá la luz del día mientras yo viva. Tan malo era. Pero, en cualquier caso, jugaba también con la idea de la recreación autobiográfica y trataba cuestiones de aprendizaje vital: el qué hubiera hecho si hubiera sabido o hubiera sido lo suficientemente maduro; qué hubiera podido evitar y qué no hubiera podido evitar. Es un sueño recurrente en todos los seres humanos que pasamos de cierta edad, y no voy a descubrir América con estas reflexiones. Es precisamente esta circunstancia la que me exigía ir un paso más allá (o muchos pasos más allá) una vez que aquel libro maldito, merced a su enérgica reescritura, comenzó a convertirse en El naufragio de los imperios.

Para cuando nos damos cuenta, el barco se hunde y solo nos queda buscar un resto al que agarrarnos, en la Historia y en la vida. En la primera, pueden ser instituciones como la lengua, o incluso la religión de nuestros padres, aunque seamos ateos, en la segunda, simple y llanamente el amor.

Una obra de dimensiones muy discretas, con historias cortas, desiguales y poco logradas fue el germen de una novela de gran extensión en la que, como Dios introduciendo a sus criaturas en el (baúl-)mundo, yo iba metiendo todas las vivencias, referencias y temas de reflexión que han construido mi persona hasta el día de hoy, pero por medio de un alter ego que a medida que pasaban las páginas iba adquiriendo entidad propia y separada de mí, hasta el punto de que tuve que introducirme a mí mismo en la narración para dejar bien claro que el personaje se había independizado. Ya no era mi alter ego, era el joven sin nombre que narra los hechos de El naufragio de los imperios, que da testimonio de la historia reciente de España y del mundo, y que aprende, como casi todos los seres humanos y como los grandes personajes literarios de las novelas de aprendizaje, sobre el amor, la amistad, los usos sociales, la política nacional e internacional, los negocios…, en fin, sobre la vida y todo lo que en ella puede caber.


Nada hay de innovador en esta novela, por el contrario, he querido rendir homenaje a las grandes obras del siglo XIX haciendo uso de sus técnicas y, en ocasiones, de su retórica, pero sin fingir que no ha transcurrido el tiempo desde entonces. Por eso la novela está llena de referencias históricas y culturales de los treinta y seis años de historia que devienen entre 1979 y 2015. Un tiempo quizás no tan apasionante como el periodo de Entreguerras, no tan mitificado como la década de los sesenta o la finisecular Bélle Époque, pero lo suficientemente cargado de acontecimientos como para hacer de ellos materia novelable, incluso a la romántica manera.

[...] tuve que introducirme a mí mismo en la narración para dejar bien claro que el personaje se había independizado.

El Romanticismo es uno de los movimientos literarios más importantes de la historia y lo he utilizado a mansalva en El naufragio de los imperios, pero tan importante como el Romanticismo en mi educación literaria lo fue el desengaño propio de toda la historia de España, incluyendo su literatura. Un desengaño que nada de nuevo nos contaba cuando apareció la novela negra norteamericana, con su cinismo, su ironía y a veces su autoparodia. Aún así, el lector avieso no dejará de encontrar guiños a Raymond Chandler o a Ross MacDonald, pero quizás lectores aún más aviesos, lo podrían confundir con el Gonzalo Torrente Ballester de Filomeno, a mi pesar y Los gozos y las sombras, o con el Nick Hornby de Fiebre en las gradas y Alta fidelidad.


[...] la primera década del siglo XXI, una época donde el oropel ocultaba los evidentes signos de agotamiento de una fase histórica hinchada por los esteroides financieros y culturales.

La nostalgia por un mundo perdido, tan habitual en toda la literatura, solo podía destacarse de este tópico haciendo una interpretación de nuestra historia reciente, y por eso engarzo el devenir de los años con su teorización histórica. Vivimos el desmoronamiento de un imperio. Quizás ahora sea más palpable para una masa de personas significativa, pero no lo era en los años noventa ni en la primera década del siglo XXI, una época donde el oropel ocultaba los evidentes signos de agotamiento de una fase histórica hinchada por los esteroides financieros y culturales. Es ahora cuando nos detenemos, miramos atrás y nos preguntamos cómo hemos llegado hasta aquí. Quizás lo bonito no era en el fondo tan bonito, quizás deberíamos habernos dado cuenta de que empezábamos a naufragar, y entonces tendríamos que haber hecho esto y lo otro. Para cuando nos damos cuenta, el barco se hunde y solo nos queda buscar un resto al que agarrarnos, en la Historia y en la vida. En la primera, pueden ser instituciones como la lengua, o incluso la religión de nuestros padres, aunque seamos ateos, en la segunda, simple y llanamente el amor.


Para más detalles, lean el libro.

 

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Iker Izquierdo (Baracaldo, España, 1981) es uno de los autores de la «generación Catay» y lleva afincado en Taiwán más de 11 años. Licenciado en Historia y Master en Relaciones Internacionales, su verdadera pasión es la literatura, la filosofía y el cine. También viajero empedernido, ha colaborado y colabora en medios digitales y revistas académicas, y forma parte del consejo de redacción de la revista Encuentros en Catay.

Su influencia literaria se refleja en obras colectivas como «Gustavo Bueno. 60 visiones sobre su obra», «Mi torero», y «Mientras tanto en Taiwán... Visiones hispánicas de Formosa». Además, es el autor del cautivador libro de relatos, «La novia del japonés».

 

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A través de la autobiografía y la recreación literaria, se explora el romanticismo y la historia, brindando aprendizaje, reflexiones sobre la identidad y el naufragio nostálgico en la travesía vital.



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