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«Té de tucán», de Rachid Lamarti

Prosa poética en español desde Taiwán


 

Es un viaje estimulante y reflexivo a través de la toponimia taiwanesa, y asimismo una transparente travesía hacia el fondo de la invención poética.

 

José Ramos

Taipéi, 27 de mayo de 2019




Rachid Lamarti es un poeta español (también le agrada que lo adjetiven de “mediterráneo”). En Taiwán se gana la vida como profesor de lengua y cultura española (¿y de qué otra cosa podría vivir un poeta español en Taiwán?) en la Universidad de Tamkang. En él conviven, podría decirse que en permanente intercambio crítico y celebratorio, vivencias, sensibilidades y resonancias hispánico-cristianas, musulmanas y chinas.


El té sirve como hilo conductor —o más bien como vívido entrelazamiento de sabores y aromas— de este viaje poético por la geografía física y espiritual taiwanesa.

Té de tucán reúne una serie de textos en prosa poética que el autor fue guardando, según declara en el texto introductorio, “dentro de una vieja tetera de barro”, hasta que llegó el momento de liberar a “esos pájaros que viven en mi cabeza”. Rachid nos propone su particular “atlas del archipiélago” de Taiwán, traducido en un viaje de experiencias y ensoñaciones por las aldeas, ciudades e islas que integran este grupo insular, la Formosa de los portugueses.



El té sirve como hilo conductor —o más bien como vívido entrelazamiento de sabores y aromas— de este viaje poético por la geografía física y espiritual taiwanesa. Té bebido y vivido, té oolong, té rojo, té erotizante, té fermentado: “Hago durar el té. Me deleito con su aroma y mi mente se escurre por el lado curioso de la realidad. Beber té aligera el pensamiento o lo aclara”.


Rachid nos propone su particular “atlas del archipiélago” de Taiwán, traducido en un viaje de experiencias y ensoñaciones por las aldeas, ciudades e islas que integran este grupo insular.

Portada Té de tucán, Rachid Lamarti

Y así el itinerario del té nos regala imágenes sugestivas: el desván de Sésamo en Baladona repleto de mapas, la casa de la infancia, un simulador espacial para viajar hasta el interior de un agujero negro, los animales raptados por un vejestorio (Noé, claro) en “aquel hazmerreír de barco”, los dioses que “beben como esponjas y aun así a duras penas logran saciar su sed”, los lingüistas que “se encargan de intrincarlo todo con filaterías”, los sofismas de los yonquis, un hombre abandonado por su mujer, o las palabras pintadas en el cristal de una ventana del metro, y nos remite también a Jesús de Nazareth, Ibn Arabi y divinidades chinas. Imágenes destiladas en prosa exquisita: “El tucán (al igual que la luciérnaga, el pez globo y el ornitorrinco) sugiere que la naturaleza se subvierte en ocasiones a sí misma o se deja llevar”.

Es un viaje estimulante y reflexivo a través de la toponimia taiwanesa, y asimismo una transparente travesía hacia el fondo de la invención poética.


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